Cuando sufro no me aburro, cuando sufro vivo intensamente y mi vida es interesante, llena de emociones y peripecias. En verdad, sólo vivo cuando sufro, es mi manera de vivir. Pero algo en mí no quiere sufrir. Alejandra Pizarnik.

11 jul. 2013

El amor eterno

El amor había empezado así, sin que yo me diera cuenta. Tenía alrededor de cinco años y vivía en uno de esos barrios del sur, tan al sur que la Capital me parecía un espacio remoto y gigantesco. Un monstruo enorme al que sólo podía acceder si no soltaba la mano de papá.
Entonces, tenía cinco años y, a pesar de ser una nena, ya sabía cuáles eran mis colores: azulgrana el corazón.
Mi papá había manejado ese espacio inabarcable todavía para mí desde nuestro departamento del sur hasta esa mole gigantesca que se alza en el Bajo Flores. El cielo se colmaba de nubes trágicas.
Era una nena con pantalón pollera y remera fucsia, pero todavía hoy, más de veinte años después, recuerdo la sensación de subir esos últimos escalones de la popular y quedarme sin aire al ver la inmensidad verde, las luces del estadio, la multitud. Esa visión que, todavía hoy, más de veinte años después, me sigue llenando el corazón de latidos rápidos.
El cielo se empezó a desmoronar sobre nosotros. Mi viejo, probablemente cumpliendo una promesa hecha a mi mamá (“cuidá a la nena”), me tapaba como podía con su remera verde y me enseñaba las canciones, algunas de las cuales todavía suenan en nuestra querida popular.
El partido nunca sucedió. Recuerdo ver entre el tumulto a un árbitro bajo un paraguas negro, fatídico, anunciar la suspensión.
Nos subimos al auto y recuerdo sacarme la remera y estrujarla como a un trapito. El agua caía sobre la alfombra. Volvimos a recorrer esa enorme distancia y llegamos, todavía empapados, a nuestro lejano sur.
Debo haber sentido, ese día, cierta desilusión. Pero cuando reviso la anécdota desde acá, no la recuerdo. El destino estaba para mí sellado: era amor del bueno. Del que dura para siempre.
Fueron pasando los años. La mocosita de cinco fue creciendo, pero el gran amor seguía ahí. El ritual del vaso de gaseosa y el vaso de whisky cuando lo mirábamos desde casa. Los esfuerzos por llevarme aunque sea una o dos veces por año a la cancha, aunque viviéramos tan lejos y a mi vieja le diera miedo. Las camisetas. Las banderas.
Pasaron también los campeonatos, las copas. En una casa de Gerli, un verano, lloré con una definición por penales, sola, mientras mi abuela y mi prima me miraban sin entender.
No hay en estos casi veintiséis años un momento en el que San Lorenzo no haya estado presente. Ni siquiera la adolescencia nos separó. Combiné mis remeras de Marilyn Manson con la mochila azulgrana sin ningún pudor. Salí cada fin de semana y siempre estuve ahí para la hora del partido. Con mi vaso de gaseosa. Y mi viejo al lado. Gritábamos –gritamos- mucho los dos. Discutíamos, nos enojábamos. Nada que un gol no pudiera solucionar.
Fui haciéndome más grande. Necesitaba estar ahí, con mi gente. En mi casa. Alentando a esos once tipos. No importan sus nombres, sino que visten los colores sagrados. Mi viejo, ya más grande y cansado por la realidad de este país que no te da nada, cada vez cruzaba menos la distancia que une al sur con el Nuevo Gasómetro. Mi lugar en el mundo.
Entonces apareció ella. Un amigo que me agenda como “Vicky Sanloré” me presenta, en un bar muy al sur, entre cerveza y rock, a una chica con los ojos más expresivos que vi en mi vida. “Porque es de San Lorenzo, como vos”, me dijo. Así fue que, al poco tiempo, nos encontrábamos sentadas en las escalinatas del Abasto y entre un café y un té, nos contamos rápidamente nuestras vidas. Partimos en el 101 a tierra santa ya siendo hermanas. Ella es mi compañera. La que me deja apretarle la mano cuando los nervios apremian y ya no hay cigarrillo que aguante. Con ella he llorado abrazada cuando el gran San Lorenzo de los Milagros se escapó de las garras del descenso. Con ella vuelvo fin de semana tras fin de semana a esa popular tan hermosa y tan colmada de gente a la que el corazón le late como a nosotras.
Así, fin de semana tras fin de semana, cruzo esa distancia que ya no me resulta tan abrumadora desde mi sur querido hasta donde está el gran amor de mi vida. El ritual de la gaseosa fue intercambiado por una llamada después de cada partido, donde mi viejo me sigue enseñando sobre fútbol, pero también me escucha porque “algo aprendí en todos estos años”.

Y sí, algo aprendí: a querer estos colores como a nada, sin límites ni condiciones. Porque San Lorenzo es así, una elección de vida. Un amor eterno.

17 dic. 2012

Momento

Necesito recordar este sentimiento de felicidad, de amor, de tranquilidad. Este sentimiento que viene con el miedo a romperlo, pero con el valor para seguir adelante. Necesito recordar la sonrisa matutina y las ganas de estar siempre suspendida en tus besos dormidos. Necesito que el agua no lave este brillo de mis ojos enormes y oscuros, necesito seguir rozando tu piel con la mía y explotar en cosquillas alegres y ansiosas. Necesito saber que este momento es real y existe, que yo también soy capaz de esto y no sólo del poema triste, angustiado y condenado a una soledad impostergable. Necesito permanecer aquí.

17 nov. 2012

Fiestas

fotografías de infancia
flashes de memorias
resurge el sentimiento de niña
libertad y un eterno verano

diciembre es la estación
del recuerdo
de las raíces

me ha cambiado mucho la voz
pero no las palabras
sigo hablando del mundo
ansiosa y amante.

8 nov. 2012

30 grados

El ventilador revuelve
una ensalada de aire
caliente
El mundo da vueltas
sobre su propio plato
Yo miro alrededor
Inapetente.

Creo que voy a dormir
de fastidio.

1 oct. 2012

Entre las cosas que me quedan.

me quedo con tu mirada sobre mi cadera. tu mirada verdecina, llena de ese lazo que nos une hace tanto y hace que yo pueda presentirte, anunciarte, saberlo todo desde antes. y esa sensación de sinfín cósmico, de caminos intrincados que siempre nos guian hacia el mismo puerto. esta cinta de moebius que no dejamos de recorrer.
me quedo con ese universo que entra en el medio de nosotros. en ese silencio lleno de tensión, de anuncios de tormenta. me quedo todos estos días con esto adentro. con el pequeño monstruo con el que aprendí a convivir y esta sensación de que algo, algo, lo que sea, tiene que suceder. porque tengo tu mirada, tu mirada guardada mientras me mirabas bajar la escalera y la sentí adentro de mi cabeza. y la sonrisa. y sentirte adentro de mi cabeza. adentro. 
volveré a dominar al monstruo. volveré a callar tu mirada adentro de mí. lo hago cada vez. desde hace tanto. me volví experta en ignorarte. ignorarme. pero a veces, cuando desplegás tu sombra sobre la mía, cuando alargás esos dedos y me tocás, cuando tus pestañas bajan ante mi mirada oscura, necesito vomitar un conejito. necesito preguntarme todo de nuevo. necesito saber quién soy y quién fuiste. dónde está mi brújula.   

15 jun. 2012

Puzzle

No era la palabra salvadora la que buscaba
Era el silencio de paz
Y que tu cama
Y tu abrazo
Y tu sexo
No me quedaran
Demasiado grandes.

2 abr. 2012

Siento un amor por la vida que nunca antes había sentido. Esta es la única vida que se me ha dado y estoy decidida a vivirla en un estado de felicidad. 


Don't stop me now.

9 dic. 2011

melancolía

ya no somos los mismos
y es la primera vez que lo digo 
con el viento soplando a mi favor.

busqué en tus ojos el abismo
y sólo encontré vacío. 
busqué en mi pecho el invierno
pero ya es primavera.
casi el sol de verano.

ya no somos los mismos, 
es cierto.
encuentro cierto regocijo en esas palabras. 
ya no soy la misma que abría la puerta 
con la inocencia suicida de una mariposa
para ir a jugar. 

ya no soy la que se olvida
de que la felicidad
es posible
y no empieza
en tus manos.

ya no sos la sonrisa terrible
el dolor nauseabundo
los renglones perfectos.
ya no sos mi nombre
ni mi sombra.


ya no somos los mismos
en esta calle siempre igual.
yo no soy la misma.
yo no siento lo mismo.

yo no tengo miedo.